Camino

Atravesaste el rio. Es cierto que tienes derecho a la vestidura del Dharmakaya; pero un Sambhogakaya es mayor que un nirvanico, y mayor aun es un Nirmanakaya, el Buddha de la compasion.

sábado, 7 de noviembre de 2009

LOS SABIOS DE LA TÚNICA COLOR CIRUELA


Fun-Chang

En aquellos tiempos vivía en China un grupo de monjes conocidos con el nombre de Sabios de la Túnica color Ciruela. Convertirse en un Sabio de la Túnica color Ciruela exigía una gran disciplina. Para los aspirantes el camino era difícil y duro, los días ingratos y las noches largas.

El monasterio de los Sabios de la Túnica color Ciruela estaba en las montañas, al noroeste de Lo-Yang, la capital de entonces, muchos siglos antes de nuestra Era.

Los sabios, que eran treinta y tres, el mismo número de las energías de la Tierra, caminaban recorriendo China desde un solsticio de invierno hasta el siguiente. Dondequiera que se detuviesen al azar de su camino se les acogía con respeto y alegría; la llegada de un sabio representaba buena suerte para un pueblo. Todos los habitantes interrumpían sus actividades para reunirse a su alrededor en el pozo central.

El sabio tomaba asiento en el brocal del pozo y, según las circunstancias, impartía enseñanza o hacía que le contasen las dificultades del momento. Si alguien decía: "El año ha sido duro, la cosecha de arroz mala", el sabio no respondía nada, pero su modo de escuchar era de tal calidad que aportaba esperanza y consuelo.

Uno de esos sabios recorría hacía años el país. Un día se detuvo en el pueblo de Ling Ding. Después de algunas preguntas relativas al emperador, al tifón que había asolado las costas, al hambre del Sur, alguien le preguntó: "¿Qué significa este pueblo? ¿Por qué estamos aquí y no en otro sitio?"

El sabio paseó la mirada lentamente sobre los reunidos y dijo: "Aunque no lo sepa, cada individuo se encuentra limitado por el nacimiento, por la educación o por su propia satisfacción. Cada uno de vosotros está limitado de una forma u otra".

Sorprendida, la gente intercambiaba miradas entre sí. Incluso se oyeron algunos murmullos. Finalmente, un hombre se adelantó hacia el sabio y afirmó: "Yo no me considero limitado. Tengo todo lo que quiero".

Entonces el sabio sonrió. "La limitación se encuentra a veces incluso en el hecho de no sentirse limitado".

Entre la gente del pueblo había un joven que se llamaba Chao Mu. Tenía veintidós años y nunca había abandonado el lugar de su nacimiento. Desde la más tierna infancia ayudaba a su padre a cultivar arroz. Le habían prometido a los seis años y, para crear una familia, igual como su padre y su abuelo antes que él, había roturado un campo, piedra tras piedra, lo había regado y sembrado. También había construido una casa durante los días de lluvia en que no podía salir a trabajar. La fecha de su boda se acercaba.

Ver al sabio despertaba en él nostalgia y le invadía una sensación de profunda soledad.

Hacía un tiempo que numerosas preguntas se planteaban en su ánimo, pero las guardaba para sí: "¿No existe más que esta vida?... Esta vida que dedico a plantar y cosechar, y luego volver a casa a dormir hasta la mañana siguiente y volver a empezar..."

Por fin encontraba a uno de esos seres que son capaces de aliviar el sufrimiento, de ayudar a un hombre a superar sus problemas.

Por fin encontraba a un ser que podría responder a sus preguntas.

Como el sabio ya se disponía a partir, no se contuvo y le preguntó:

-¿Puedo acompañarte? Quisiera que me enseñases la vida.

A su alrededor, los campesinos callaron, y cada uno de ellos se preguntaba: "¿Qué ocurrirá con su prometida, con su campo, con su casa? Ha trabajado tanto y tan duramente con sus propias manos..."

El sabio, que adivinaba sin dificultad todos esos pensamientos, le preguntó:

-¿Estás seguro de ti mismo?
-Sí -respondió el joven.
-Entonces, vamos.

Con estas palabras, los dos se pusieron en camino. Chao Mu sólo se volvió una. vez para decir:

-La casa y el campo pertenecen ahora a la que fue mi prometida.

El sabio y el joven caminaron durante un buen rato en silencio. Al pasar bajo un membrillo, el sabio tomó un fruto, encendió fuego para cocerlo y se lo tendió a su compañero.

-No me gustan los membrillos -declaró Chao Mu.
-Limitación -replicó el sabio.

Reemprendieron la marcha y Chao Mu vio un ciruelo en un prado.

-¡Oh, qué hermosas frutas! ¡Me encantan las ciruelas! -exclamó con alegría.

El sabio dijo otra vez:

-Limitación.

Y sin añadir nada más, prosiguió tranquilamente su camino.

Unas horas más tarde llegaron a la orilla de un río al que daban sombra unos árboles de troncos sinuosos. El agua se deslizaba apaciblemente y unos cisnes nadaban siguiendo la corriente.

-¡Oh, qué belleza!, ¿verdad? -exclamó Chao Mu. Una vez más, el sabio respondió:

-Limitación.

Cruzaron el río y entonces vieron, de repente, en la ribera, el cuerpo de un hombre al que habían apaleado y desvalijado.

-¡Es horrible! -murmuró el joven.

Y una vez más el sabio replicó tranquilamente:

-Limitación.

Mientras caminaba, Chao Mu iba pensando.

Cualesquiera que fuesen sus palabras, el sabio respondía invariablemente: "Limitación". ¿Qué tenía que decir para conseguir otra respuesta?

En ese momento pasaban ante una granja. Los niños estaban jugando en el patio. Sentados en un banco, el padre y la madre les miraban. El joven se detuvo y contempló la escena con placer, percibiendo la sensación de alegre libertad que esa familia exhalaba, despertándola en él. En ese mismo momento, el sabio exclamó:

-¡Eso es armonía!

Chao Mu se volvió hacia él. Estaba muy sorprendido.

-Si yo no he dicho nada...
-Es verdad, pero en este momento "vives" la armonía -dijo el sabio.

El camino les llevó a continuación junto a un río. Había una roca en medio de la corriente y el agua se estrellaba contra ella con furia, y saltaba por el aire, pasando a la vez alrededor y por encima del obstáculo.

-Mira esa roca -le dijo el sabio a Chao Mu-. Es una imagen de la armonía. El agua intenta empujar a la piedra con violencia, la golpea con dureza y quiere apartada. La piedra no contraataca, deja que el agua pase, por encima, por los lados, pero no se mueve. ¡Eso es armonía!

Chao Mu observó durante un buen rato la roca, con expresión abstraída.

Cuando ya caía la noche, el sabio eligió un lugar propicio para detenerse, recogió un poco de leña y el fuego brotó enseguida. El discípulo, que miraba lo que hacía, no comprendió cómo.

El camino había sido largo y, poco después, Chao Mu, tendido en el suelo, volvía a ver los años en que había labrado su campo y construido su casa. En ese momento su único bien lo componían las ropas que llevaba y el cielo que tenía sobre la cabeza. Pero sonreía: había encontrado a un maestro, un hombre que le mostraba lo que nunca había visto y que le enseñaba a considerar la vida de otra manera.

El frío de la mañana le despertó sobresaltado. El fuego se había apagado. Y... ¿dónde estaba el sabio? Ahí estaba su manto. Del río llegaba el ruido de unos chapuzones. Chao Mu metió la mano en el agua e inmediatamente su brazo empezó a entumecerse.

-¡Brrr, está demasiado fría! Esperaré a que salga el sol -exclamó.

-¡Limitación! -le gritó el sabio y, sin saber cómo, el discípulo se sintió lanzado al agua.

Salió de ella helado, con la ropa chorreando.
El sabio seguía nadando.

-¿Quién me ha empujado?
-Tus limitaciones te han empujado.

Una vez reanimado el fuego, el joven, temblando de frío, pudo poner su ropa a secar, mientras el sabio le explicaba:

-No hay calor ni frío. Cuando dices "está caliente", te limitas; cuando dices "está frío", también te limitas.

-Pero en tal caso ya no se puede hablar, ya no se puede decir que hace calor o que hace frío -se quejó Chao Mu.

-Oh, si no tienes nada más que decir, más vale que te calles -replicó el sabio.

Chao Mu comprendió entonces que le quedaba mucho que aprender.

Echaron otra vez a andar, caminaron y caminaron, y llegaron a otro pueblo. El sabio se sentó en el brocal del pozo según su costumbre. Chao Mu escuchaba atentamente sus palabras. Las personas eran otras, las situaciones distintas, pero las palabras seguían siendo las mismas, y el joven se acostumbró a encontrárselas de pueblo en pueblo.

A veces, alguno se levantaba y solicitaba seguir al sabio, apartándose de lo conocido para ir hacia la novedad. Éste recibía una enseñanza del maestro. Algunos le abandonaban enseguida, para ir solos más lejos o para volver a sus pueblos.

Pasó el verano y llegó el otoño. Cuatro discípulos acompañaban entonces al sabio. Chao Mu empezaba a percibir mejor la vida en los elementos, en los animales y en todo lo que existía a su alrededor. Un día, dirigiéndose al sabio, le dijo:

-Quisiera saber de dónde vengo, conocer la energía que me anima. ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde voy? Y eso ¿vale la pena?

El sabio le sonrió con mucha dulzura.

-Todas las preguntas de tu corazón encuentran su respuesta. Ten paciencia.

A lo largo de los meses que siguieron, yendo de pueblo en pueblo, deteniéndose a orillas de los ríos o sentado bajo un árbol, Chao Mu aprendió mucho: acerca de su disciplina, de sus limitaciones, de su equilibrio o su desequilibrio. Se conocía mejor. Sin embargo, tenía la sensación de no estar aún más que al principio del camino.

Cuando llegó el equinoccio de otoño, los discípulos se agruparon alrededor de su maestro para celebrar ese especial momento del año. Hicieron juntos un fuego y el sabio, añadiendo leña, pronunció las siguientes palabras:

-Que el calor de este fuego se manifieste a través de nosotros a todos los que encontremos en nuestro camino. Que su luz se perciba a través de las tinieblas más espesas.

Al día siguiente el sabio se dirigió a un pueblo grande y se sentó en una piedra, al lado del pozo.

Un hombre se acercó para pedirle consejo.

-Oh, maestro, mi familia siempre está enferma y mi ganado no medra. Cada mañana despierto pensando en los problemas que el nuevo día me traerá.

Después de mirarle con atención, el sabio dijo:

-Para empezar, vas a quitarte este manto negro que llevas. Ahora, vamos a ver lo que ocurre en tu casa.

La casa que vieron estaba pintada de rojo y amarillo, y decorada con motivos negros.

-Vuelve a pintar tu casa de blanco, con un poco de azul aquí y allá -le ordenó el sabio al campesino.

Luego prosiguió su visita, pidiéndole a la mujer del campesino que cambiase también el color de su ropa, observando a los niños e indicando qué colores utilizar en cada dependencia de la casa. Para acabar, aún le dijo al hombre:

-y ahora, empieza a vivir.

Cuando estuvieron a cierta distancia de la casa, Chao Mu no pudo evitar el expresar su sorpresa:

-¿Por qué cambiar tantas cosas en la vida de este hombre? ¿Por qué no les has hablado más bien de la felicidad ni le has dedicado palabras sabias? ¿Por qué no le has enseñado a ver la belleza como a nosotros nos enseñaste?

-Porque ése no era el origen de sus dificultades ni del desequilibrio de su familia. El mundo terrestre está compuesto por cosas positivas y negativas, por ácido y álcali. Cada color, cada prenda de vestir, es positivo o negativo -explicó el sabio-. Por ejemplo, el rojo, el amarillo el naranja y el negro son colores negativos; el índigo, el azul, el violeta y el blanco son colores positivos. El verde es neutro. La seda y la lana son positivas, el algodón es negativo. Los gatos son negativos, los perros positivos. El alimento es ácido o alcalino. Ocurre lo mismo con la música y con todas las cosas de este mundo. Es así como, buscando el equilibrio en su entorno, este hombre mejorará su vida.

El otoño avanzaba, el tiempo cambiaba y Chao Mu tenía tiempo libre para meditar en las palabras de su maestro. Le sorprendía la importancia de la acidez o de la energía negativa en la vida humana.

El frío aumentaba de día en día y empezó a nevar. El grupito se dirigía hacia las montañas. El sabio había enseñado a sus discípulos cómo conservar el calor con la fuerza del pensamiento, sin necesidad de muchas prendas de vestir.

Cada noche, reunidos alrededor del fuego, se aprovisionaban de calor para toda la noche.

Esa noche, en lugar de dormir como sus compañeros, Chao Mu observaba los ojos de un conejo en la nieve y los de un corzo que miraba el fuego, mientras revisaba mentalmente todo el saber que había recibido. Admiraba la blancura de la nieve. Ya no le sorprendía que siempre le hubiese gustado tanto... lo blanco es positivo y esa blancura le prestaba energía: el frío es positivo, el calor negativo... el sol es positivo, la luna negativa...

Vio entonces que el sabio se levantaba, cargaba su hatillo a la espalda y se marchaba. Chao Mu le imitó y el maestro se llevó un dedo a los labios para recomendarle silencio. Los dos se alejaron. La nevada caía copiosa, borrando las huellas de sus pasos detrás de ellos.

Por la mañana llegaron a un valle, en cuyo fondo se alojaba un gran monasterio. Se veía llegar de todas partes Sabios del Manto color Ciruela, cada uno de ellos acompañado por un solo discípulo.

Cuando se encontraron al pie de las murallas, el sabio se volvió a Chao Mu y le dijo:

-¿Ves esta silla de bambú? Es la tuya. No te levantes bajo ningún pretexto hasta que venga a buscarte.

Y el sabio desapareció en el monasterio con los otros monjes. Era el día del solsticio de invierno.

Chao Mu observó a los treinta y dos discípulos que estaban sentados en círculo con él, cada uno en una silla de bambú. Algunos parecían más experimentados que otros, como si hubiesen pasado por momentos duros. Esa noche, una gran luminosidad bañó el monasterio y los discípulos oyeron cantar a los sabios celebrando el solsticio de invierno, el nacimiento del sol. Chao Mu esperaba que su maestro fuese a buscarle por la mañana. Pero no pasó nada. Esperó todo el día, y luego llegó la noche y hubo gran agitación entre los discípulos.

Chao Mu sintió hambre y recordó que llevaba una galleta de arroz en el bolsillo. Comió un bocado y chupó un poco de nieve para aplacar la sed.

De repente, un discípulo se levantó y se dirigió hacia los matorrales en busca de algo que comer. Misteriosamente, su silla desapareció; cuando regresó, ya no había lugar para él. Miró por todas partes, desesperado, y acabó comprendiendo que tenía que marcharse.

Pasaron los días, se convirtieron en semanas. Poco a poco, las sillas iban desapareciendo: o bien un discípulo se desvanecía y caía al suelo, o se levantaba.

En primavera no quedaban más que diez que hubiesen soportado el invierno y que ahora vivían las lluvias primaverales y la nueva floración. Aprendían a atrapar al vuelo una hoja llevada por el viento y a masticada lentamente, o a comer lo que crecía próximo, una raíz o una hierba. La disciplina no sólo les había curtido sino que había agudizado sus percepciones. Llegó el verano y, con él, el calor sofocante. Ya no quedaban más que cuatro. En otoño, quedaban dos.

Los músculos de Chao Mu se mantenían sólidos y su espalda derecha. Podía relajarse y llenar cada parte de sí mismo de conciencia y calor. Le bastaba pensar en bayas o raíces... y se materializaban sobre sus rodillas; le bastaba pensar en agua... y su cuenco estaba lleno. Llegó un día en que se quedó solo. Era la vigilia del solsticio de invierno. Ése fue el día en que regresó el sabio.

-Ven conmigo -le dijo a Chao Mu.

Cuando el joven se levantó vio a un nuevo discípulo a quien el sabio hacía sentar en la silla de bambú. Le hubiese gustado hablar con él, advertirle de lo que le esperaba. Pero sabía que no tenía que hacerlo.

El sabio le hizo entrar en el monasterio, a él, que era el único que había quedado en todo el año, para celebrar la fiesta del solsticio en compañía de todos los sabios.

Chao Mu preguntó entonces:

-¿Qué pasa aquí? Al parecer sólo un discípulo consigue mantenerse fiel y en su puesto durante todo un año.

-Sí -respondió el sabio-. Cada año se retira uno de los treinta y tres que somos, cuando ha completado su trigésimo tercer periplo. Tras un año en el monasterio, estarás preparado para ser un Sabio del Manto de color Ciruela y reemplazarás a uno de nosotros.

Y así se hizo.

Han pasado los siglos, los sabios han dejado su manto pero la tradición no muere. Manteneos atentos. ¿Tal vez habéis encontrado a uno de esos treinta y tres sabios en vuestras vidas? ¿Quién sabe?

La vida es tan misteriosa...

Bajo las ramas de un árbol, al borde del camino, Chao Mu meditaba. Un joven se llegó a él, trastornado.

-¡Es horrible! Vuelvo de la ciudad imperial, Lo-Yang, y sólo he visto por todas partes robos, niños apaleados, hambre y guerra. En el palacio, en torno al emperador, la gente se deja llevar por los más bajos instintos. En la ciudad, las calles están sembradas de inmundicias y apestan. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué debo hacer?

-Ven a sentarte aquí un momento, junto a mí -dijo el sabio.

Se quedaron allí mucho rato, silenciosos. Luego, el sabio se levantó y llevó consigo a su compañero hasta el camino.

Mientras andaban en silencio, se dieron cuenta de la belleza de las flores, de la fortaleza de las árboles. Llegaron a un pueblo al mediodía, donde las gentes descansaban y todo irradiaba paz. Al recorrer el pueblo, el estudiante murmuró:

-Sin embargo, esta mañana la gente se peleaba y gritaba...

Más allá se veía un campo donde los soldados descansaban, y el estudiante observó:

-Hace unas horas guerreaban y ahora están tan tranquilos...

De madrugada, el sabio y el joven llegaron a Lo-Yang. Las calles estaban limpias, la gente iba tranquilamente a sus asuntos y el aire fresco halagaba el olfato. Pasearon un rato por el palacio imperial, y luego se sentaron en el patio. El emperador se acercó a ellos sonriendo y dijo:

-Hoy es un día de paz y de amor.

En el camino de regreso, el estudiante manifestó su sorpresa:

-¿De dónde procede este cambio, si ayer mis ojos no encontraban por todas partes más que muerte y negatividad?

-Oh, es muy sencillo -dijo el sabio-. Lo que tú eres se refleja a tu alrededor. Y dondequiera que estés ves tu propia realidad.

Un día, cuando Chao Mu descansaba a la sombra de un árbol, no muy lejos de un cruce de caminos, apareció un hombre muy apurado. Miraba a la derecha, luego a la izquierda, y acabó preguntándole al sabio:

-Dime, noble anciano, ¿qué camino debo tomar?

-Ninguno -respondió Chao Mu.

-Pero tengo que seguir mi camino.

-Bueno, si dudas detente y espera a saber lo que tienes que hacer.

El viajero se sentó entonces al lado del sabio, en silencio. Un estudiante que pasaba por allí les preguntó:

-Decidme, ¿por dónde tengo que ir?

Sin darle al sabio tiempo para contestar, el hombre dijo:

-Toma el camino que hay frente a nosotros.

Poco después apareció otro estudiante con la misma pregunta. Nuevamente, el viajero, sentado, respondió antes que el sabio, diciendo en esa ocasión:

-Toma el camino de la izquierda.

Poco después, el viajero envió a un tercer estudiante por el Camino de la derecha, y a un cuarto por el último camino.

Pasó largo rato. Finalmente, el sabio y el viajero vieron regresar al primer estudiante, con magulladuras y ensangrentado, luego al segundo, al que le habían robado la ropa. Al último le había detenido la crecida del río. Tan sólo el tercero no reapareció.

Lleno de alegría, el viajero se puso en pie exclamando:

-Ahora ya sé qué camino tomar -y se fue corriendo por el camino que había seguido el tercer estudiante.

Los que habían regresado, agotados por su aventura, tuvieron en todo caso la curiosidad de preguntarse:

-Pero ¿por qué ha elegido ese camino?
-Reflexionad -dijo el sabio.. De la muerte no se regresa.

En esa ocasión, Chao Mu había elegido descansar a la sombra de un azufaifo.

Un estudiante le abordó sollozando.

-Oh, Maestro estoy muy enfermo. La pierna y la cabeza me hacen sufrir horriblemente.

Como el sabio no contestaba, insistió:

-Maestro, necesito tu ayuda, estoy sufriendo mucho y tengo miedo.

El sabio seguía sin salir de su silencio y el estudiante volvió a la carga:

- ¿Qué puedo hacer con mi pierna? ¿Y con mi cabeza?

El sabio señaló con el dedo un lugar a su lado y el estudiante se sentó, siguiendo con sus sollozos sin que el sabio pareciese preocuparse lo más mínimo por eso. En todo caso, un momento después tomó la palabra:

-Mira ese pájaro que hay en la rama. Mira qué bonitos son sus colores... ¿Te das cuenta de que no manifiesta ni canta más que la belleza?... Observa las flores del prado... y las alas de esa mariposa... Escucha el arroyo que murmura a través del prado y el susurro del viento en las hojas...

-Sí, ya lo veo, ya oigo todo eso -acordó el estudiante.

-Tú no eres diferente de todas esas cosas. Si te mantienes atento a la belleza y si te das tiempo para contemplada, tu cuerpo no sufrirá.

-¿Por qué hablas de sufrimiento? ¿A qué sufrimiento te refieres? -se sorprendió el estudiante, que había olvidado todos sus males.

En esa época del año, todos los sabios y magos del imperio se encontraban reunidos en Lo-Yang para comparar sus conocimientos. Cada uno de ellos había llevado a sus discípulos. Éstos se vanagloriaban los unos ante los otros de los poderes de sus respectivos maestros.

Un árbol se levantó, hizo unas piruetas en el aire y volvió a plantarse en el suelo.

-Mirad.. ¿Habéis visto cómo mi maestro ha movido ese árbol?

Otro desplazaba una roca, éste caminaba sobre el lago, aquel conseguía volar por encima de la multitud...

Y cada estudiante se pavoneaba, alabando a su maestro y las proezas de las que era capaz.

Sólo había uno que lo observaba todo y permanecía en silencio. Los otros acabaron por volverse hacia él.

-Y tu maestro ¿qué hace?
-¿Mi maestro? Está allí.

Miraron por todas partes inútilmente.

-Ahí, ¿no lo veis? Está sentado junto a un árbol.
-Pues ¿qué es lo que hace de extraordinario?
-Oh, tiene mucho poder. Cuando está sentado; cuando anda, anda, y cuando duerme, duerme.

Un estudiante acompañaba al viejo sabio cuando iba de un pueblo a otro. Un día le preguntó:

-¿A dónde vamos?
-¿Importa eso? Caminamos dándonos el gusto de contemplar todo lo que nos rodea.
-Pero yo quisiera saber a dónde vamos.
-¿Por qué tienes que saber a dónde vas?
-Para saber cuándo he llegado.
-Bien, vaya contestar a tu pregunta. Vamos justamente adonde estamos ahora.
-En ese caso, detengámonos.
-No, porque vamos justamente adonde estamos ahora pasando a lo largo de toda nuestra vida.


El viejo sabio salía del agua chorreando y sus discípulos, sentados en la orilla, reían, burlándose de él porque le habían visto tropezar en las piedras y caer al río. El sabio les miraba con semblante severo, parecía enojado, lo que hizo redoblar las risas. Le vieron desnudarse, encender un fuego y poner su ropa a secar.

Para aquellos jóvenes, que seguían las enseñanzas de su maestro cada día, vede caer en el agua había sido una revelación.

Sin decir una palabra, el sabio volvió a ponerse la ropa en cuanto estuvo seca y, siempre en silencio, saltó al río y lo cruzó, haciendo signos a sus discípulos de que le siguiesen.

¿Qué tenían que hacer? ¿Iba el maestro, según su costumbre, a enseñarles una lección profunda? Cada uno de ellos a su vez saltó al agua y llegó a la otra orilla.

Entonces el sabio les preguntó sonriendo:

-¿Quién es más estúpido, el que tropieza o el que no hace más que seguir?

El viejo sabio estaba sentado según su costumbre bajo un ciruelo. Un joven se acercó a él, intrigado.

-Anciano, ¿eres un sabio o un maestro?

El sabio tomó una hermosa ciruela y se la tendió al que preguntaba.

-¿Qué es esto?
-Una ciruela, evidentemente.
-Ah, ¿sí? Y ¿cómo lo sabes?
-Bueno, porque lo sé.
-Pues yo no debo ser ni un sabio ni un maestro.

Cada día, el viejo sabio caminaba tranquilamente. Sus discípulos eran escasos, porque él no se mostraba hablador. Hablaban ellos y él se contentaba con una ligera inclinación de cabeza o con una reflexión aquí y allá. Enseñaba más con sus actos que con sus palabras. A ellos les correspondía averiguar el significado.

A veces le llamaban el sabio loco por su manera de desconcertar a sus estudiantes.

Un día, uno de ellos le preguntó:

-¿Puedo hablar contigo?
-Por supuesto. Estate mañana por la mañana en el ciruelo a la salida del sol.

A la hora convenida, el estudiante acudió a la cita. El sabio no estaba. El tiempo pasó y pasó. Por fin, el joven se fue, decepcionado.

Al día siguiente, cuando volvió a ver al sabio, exclamó:

-¿Dónde estabas? No te vi bajo el ciruelo.

-Estaba en el árbol. ¿Por qué no miraste arriba? Ya te lo dije muy claro: "En el ciruelo". Escucha lo que te dicen y aprende a observar a tu alrededor. No te quedes con lo que parece obvio.

En su enseñanza, el viejo sabio de la Túnica de color Ciruela decía:

-La naturaleza es la clave que lleva a la comprensión de la naturaleza humana, ya que está en el hombre tanto como en un vergel o en la corriente de un río. Como lo sentís y lo veis, observando el crecimiento de las plantas, el fuego da impulso, el agua refresca, el viento dispersa las semillas y participa en la fertilización, la tierra permite el nacimiento de la belleza. Asimismo, el hombre es fuego, agua, aire y tierra. Es invierno, primavera, verano y otoño. Pertenece a la naturaleza y, cuando vive en armonía con ella, comprende la paz que en ella existe.

"Comed una ciruela, tiene buen sabor, regenera vuestro cuerpo. El ciruelo está bien mientras sigue creciendo y dando frutas. De la misma manera, vosotros sois una naturaleza en crecimiento. Al respetar la naturaleza que hay en él, permitiéndole evolucionar, dejando que se desarrolle sin perturbada, el hombre aprende y progresa".

Un día, un estudiante le preguntó:

-¿Qué es nuestra tierra? ¿Qué es todo esto? No lo entiendo. ¿Puedes explicármelo?

El viejo sabio le miró con una ligera sonrisa.

-¿En qué te sostienes?
-En la tierra -respondió.
-Si pudiese quitar toda la tierra y no dejar más que el lugar en el que te sostienes, ¿qué ocurriría?
-Entonces ya no tendría nada.
-Lo has comprendido. El lugar en el que tú te sostienes no es lo importante. Lo importante es cómo vives por tu fuego -el amor-, por tu agua -emociones-, por tu aire -tu presencia espiritual- y por la tierra -donde aportas la paz a través de tu naturaleza.


El viejo sabio y sus discípulos estaban bajo un ciruelo. Uno de los jóvenes rompió de repente el silencio para hacer esta pregunta:

-A lo largo del día vemos que el viento agita las hojas de los árboles, inclina la hierba y mece las flores. Sopla y, sin embargo, nunca lo vemos. Podemos ver el fuego, el agua, la tierra; pero nunca el aire. ¿Por qué?

Y el sabio le respondió:

-El aire es elemento que te enseña que puedes sentir sin ver. Así aprendes que hay otras cosas además de las que ves, cosas que se sienten pero que no se ven. Las hojas de los árboles sienten el aire. Y tú mismo lo sientes en tu cabello y en tu cara. Ocurre lo mismo con la vida, no necesitas verla, saborearla ni tocarla para creer en ella. Es suficiente sentirla. ¡Eso es la vida: sentir más allá de los cinco sentidos!

Mientras estaba impartiendo su enseñanza, el viejo sabio les dijo de repente a sus discípulos:

-Si tuvieseis un deseo que pudieseis satisfacer inmediatamente, ¿qué pediríais?
-El conocimiento.
-La sabiduría.
-Tu percepción de las cosas.
-El poder.
-La forma de mantenerme con buena salud...

Cuando cada uno de ellos hubo hablado, todos dijeron a coro:

-Y tú, maestro, ¿qué pedirías?

El sabio sonrió, y murmuró:

-Simplemente, ser un maestro, para saber enseñaros.
-¡Pero si ya lo eres!
-Al escuchar lo que habéis pedido, no me da esa sensación.


El viejo sabio estaba meditando bajo un árbol. Una joven se le acercó y le preguntó, sentándose a sus pies:

-Maestro, tengo un hijo, enséñame a educarlo. ¿Cómo puedo hacer lo mejor para él? Enséñame cómo convertirme en una buena madre.

El sabio tendió la mano y la puso sobre la cabeza de la joven.

-Ya lo eres.

El viejo sabio estaba muy ocupado comiendo ciruelas. Un estudiante que pasaba por allí se detuvo, sorprendido al vede tomar una fruta tras otra. El estudiante no pudo contenerse mucho tiempo y preguntó:

-Pero cómo, maestro, nos enseñas moderación y te estoy viendo comer decenas de ciruelas...
-Oh, bueno, eso no es mucho.

y como el estudiante le miraba pasmado, el viejo sabio añadió:

-Cuenta las frutas que hay en el árbol y verás que la cantidad que como es muy modesta.


El viejo sabio, sentado bajo el ciruelo, veía que un estudiante se dirigía hacia él.

-Oh, maestro, enséñame la verdad. Quiero conocerla. Enséñamela. Todo el mundo te considera un gran sabio, así que enséñame la verdad.

El sabio se levantó e hizo señas al estudiante de que le siguiese. Llegaron a la orilla de un lago.

-Ven, entremos en el agua -ordenó el sabio.

El joven obedeció, y después de dar unos pasos el sabio le hizo caer y le mantuvo la cabeza bajo el agua por la fuerza. El joven se debatía, intentó gritar, formó burbujas, se movió desordenadamente. Cuando el estudiante se quedó casi inmóvil, el sabio le devolvió a la superficie y le dijo:

-Cuando tu sed de la verdad sea tan grande como tu sed de aire, entonces vuelve a buscarme.

Un joven abordó al viejo sabio, que estaba sentado bajo un ciruelo, para preguntarle:

-¿Cuántos años tienes? Me han dicho que tendría que estudiar con un viejo sabio, así que quisiera saber si eres verdaderamente viejo.

-¿Bajo las ramas de qué árbol estoy sentado? -respondió el sabio.
-Es un ciruelo, evidentemente.
-¿Por qué no le preguntas su edad?
-Es inútil. Tiene unas frutas deliciosas, y eso me basta.
-En resumen, quieres decir que si yo no tengo frutas, ¿no sirvo para nada?
-Quizás.

El sabio se levantó para reemprender la marcha y el estudiante le gritó:

-¡Has de ser muy viejo, porque ya no tienes frutas!

Sin dejar de caminar, el viejo sabio se volvió y dijo:

-Y sin embargo, acabas de comerlas.

Como de costumbre, el viejo sabio estaba bajo un ciruelo y un joven que pasaba por allí sintió la necesidad de hablarle. Así que se acercó y dijo:

-Oh, anciano, te ruego que me respondas: ¿qué es la vida? ¿Por qué estoy aquí? ¿Y por qué estás tú? ¿Por qué crece ese árbol detrás de ti? ¿Por qué no nací antes o después?

El sabio se le quedó mirando un buen rato antes de decir:

-No lo sé.
-Bueno, entonces dime quién puede darme respuestas, y dónde encontrarlas.
-Sigue por este camino y a una cierta distancia encontrarás a un anciano sentado bajo un azufaifo. Ese anciano tiene la sabiduría del universo. Percibe la divinidad en todas las cosas.

E! joven le agradeció al sabio su sinceridad y siguió su camino. Al cabo de un momento, llegó ante el anciano, que estaba muy ocupado calculando con su ábaco. El joven le planteó de una sola vez todas sus preguntas:

-¿Porqué estás ahí sentado? ¿Por qué estoy yo ante ti? ¿Qué hace ese árbol que está detrás de nosotros? ¿Por qué estoy aquí hoy y no ayer?

Sin mirarle, el anciano le respondió:

-No lo sé.

-Pero, entonces, ¿por qué estás ahí sentado como un maestro? Un anciano, un poco más allá, me dijo que tú lo sabías todo, que conocías el universo y que responderías a mis preguntas.

Entonces el anciano le miró.

-¿Ese anciano estaba sentado bajo un ciruelo?
-Sí.
-¡Ah, pero si es mi maestro!

Molesto, el joven exclamó:

-Entonces, ¿estoy rodeado de sabios estúpidos?
-Y a ti ¿no se te ocurrido que yo podía estar rodeado de preguntas estúpidas?

El viejo sabio estaba acompañado por tres jóvenes a los que acababa de encontrar. Una de sus primeras preguntas fue:

-¿Nos consideras discípulos tuyos?
-Sí -contestó.
-¿Qué tenemos que hacer?
-Seguirme. Escuchar. Observar.

De madrugada llegaron a la orilla de un río. El sabio se quitó la ropa y entró en el agua manteniéndola cuidadosamente por encima de la cabeza. Dos de los discípulos le siguieron, y el tercero pensó: "Está loco", y decidió abandonarle.

El sabio y los dos discípulos que quedaban caminaron todo el día. Cuando llegó la noche, se acostaron bajo un árbol. El sabió se envolvió en rayos de luna, pero los dos jóvenes tiritaban y uno de ellos echó a andar solo por el camino.

Por la mañana, el sabio pasó despacio por un pueblo. Le dieron un cuenco de arroz, que comió, también recibió legumbres, con las que completó su comida. El tercer discípulo, que aún le seguía, se sorprendió.

-¿Ya mí no me das nada, maestro?
-Eres mi discípulo, ¿cómo es posible que no te hayan dado ni arroz ni legumbres?
-Nadie me ha mirado.
-Ah. Entonces es posible que no existas.
-Pues claro que existo, ya que estoy aquí, delante de ti.
-¿Cómo es posible que no te hayan dado nada? -repitió el sabio.

Y el tercer discípulo se marchó muy molesto. El sabio siguió solo su camino. Un poco más allá, se detuvo para beber. Sentado bajo una roca, a la orilla del agua, sonriendo para sí, pensó: "¡Qué difícil es la vida de un maestro en estos tiempos! ¡Si pudiese haber discípulos en busca de un maestro que no enseñase, sino que viviese...!"


Un día, sentado el viejo sabio a la sombra de un árbol al borde del camino, estaba comiendo arroz con los dedos. Por allí pasaba un anciano muy rico que se indignó:

-¡Mirad a ese hombre! Dicen que es el sabio más grande de la provincia y está comiendo con los dedos. ¡Qué horror! Nunca le invitaré a mi casa.

Cinco minutos después apareció una elegante comitiva escoltada por tres guardias que acompañaba a pasear a dos damas.

-Oh, ¿no es ése el sabio del vergel de los ciruelos?
-Sí, es él.
-No le basta con ser un patán, sino que además es muy sucio. Nunca consentiremos recibirle en nuestra casa.

Al día siguiente, el rey de la provincia organizaba una gran recepción para celebrar el equinoccio e invitó al sabio. También estaban invitados el anciano rico y las dos damas. El sabio, en el lugar de honor, comía con palillos y su ropa estaba inmaculada.

El hombre rico no pudo contenerse y le preguntó:

-¿Cómo puedes comer un día con los dedos y otro según las normas y las costumbres?
-¡Oh! es muy sencillo. No me atengo a las costumbres y me adapto al lugar donde me encuentro. Si estoy sentado bajo un árbol, me gusta comer con los dedos. Nadie me ve, aparte de los que pasan y me juzgan. Si se me invita, me acomodo a las costumbres de mi anfitrión.

El hombre meneó la cabeza.

-Yo no podría actuar de esa manera. He de comer siempre con palillos.
-Entonces nunca verás más que un aspecto de las cosas -dijo el sabio.

Ese día el viejo sabio caminaba lentamente, tan despacio que sus jóvenes discípulos casi se dormían siguiéndole. Uno de ellos se atrevió a preguntar:

-Maestro, ¿te has hecho tan viejo que no puedes caminar más deprisa?
-Y tú, ¿te has hecho tan viejo que ya no tienes paciencia?

El viejo sabio estaba paseando solo por el bosque cuando vio que un tigre atacaba a un búfalo de gran cornamenta. Observó la forma en que el búfalo se resistía, y el encarnizamiento del tigre que utilizaba sus garras y sus dientes.

La lucha era feroz. Veía brotar la sangre y que los dos animales se debilitaban. El tigre mordió al búfalo en la nuca y el búfalo hirió con un cuerno el flanco del tigre. Los miró un largo rato, desfallecidos, jadeantes, moribundos. Después, se acercó al tigre, se arrodilló junto a él y le acarició el hermoso pelaje.

El tigre no hizo ni un movimiento, y sin embargo la vida estaba aún ahí y una mirada profunda le respondió.

A continuación fue hacia el búfalo y el animal le lamió la mano. Entonces, se incorporó y se alejó con lágrimas en los ojos, cavilando:

-"¿Por qué la vida no conoce la paz más que en sus últimos momentos de desesperación?"

Hacía unos días que Chao Mu, que había llegado a una edad avanzada, cojeaba de la pierna derecha. Sus discípulos le observaban, sorprendidos, pero ninguno se atrevía a preguntar le lo que le pasaba.

Cuando estaban pasando por un hermoso bosque, se dieron cuenta de repente de que el sabio cojeaba de la pierna izquierda y que la derecha ya no parecía tener ningún problema.

En esa ocasión, uno de los estudiantes se animó a preguntarle:

-Ayer cojeabas de la pierna derecha, y ahora de la izquierda. ¿Cómo es eso?
-Oh, simplemente he pensado que ya era hora de que la otra pierna descansase -respondió Chao Mu.

sábado, 22 de agosto de 2009

Hinduismo y Conciencia de Krishna

A.C. Bhaktivedanta Swami


Hinduismo y Conciencia de Krishna

Es un error pensar que el movimiento de la Conciencia de Krishna representa al hinduismo. La Conciencia de Krishna no es, de ningún modo, una fe o una religión que busca derrotar a otras fes o religiones. Mejor dicho es un movimiento cultural para toda la sociedad humana y no contempla ningún tipo particular de fe sectaria. Este movimiento cultural pretende especialmente educar a las personas sobre como pueden amar a Dios.

A veces los indios, de dentro y fuera de India, piensan que estamos predicando el hinduismo pero en realidad no es así. Nadie va a encontrar la palabra hindú en el Bhagavad Gita, de hecho nadie va a encontrar la palabra hindú en toda la literatura védica. A esta palabra la introdujeron los musulmanes de las provincias cercanas a India como Afganistán, Baluquistán y Persia. Hay un río llamado Sindhu que costea las provincias del noroeste de India y como los musulmanes no podían pronunciar “Sindhu” correctamente le decían “hindu” al río y a los habitantes del lugar los llamaban “hindus”. En India, según el lenguaje védico, a los europeos se los llama mlecchas or yavanas. Del mismo modo “hindú” es un término proporcionado por los musulmanes.

En el Bhagavad Gita se describe la cultura actual de India, allí se expone que, de acuerdo a las distintas cualidades o modalidades de la naturaleza, hay distintos tipos de hombres. Éstos son clasificados en general en cuatro órdenes sociales y en cuatro órdenes espirituales. Este sistema de división social y espiritual se conoce como varnasrama-dharma. Los cuatro varnas u órdenes sociales son brahmana, ksatriya, vaisya y sudra. Los cuatro asramas u órdenes espirituales son brahmacarya, grhastha, vanaprastha y sannyasa. El sistema varnasrama es lo que en las escrituras védicas se describe como Los Puranas. La meta de este instituto de la cultura védica es el de educar a cada persona para fomentar el conocimiento de Krishna o Dios. Ese es todo el programa védico.

Cuando el Señor Caitanya habló con el gran devoto Ramananda Raya, el señor le preguntó ¿cuál es el gran principio de la vida humana? y Ramananda Raya le respondió que: “la civilización humana empieza cuando acepta el varnasrama-dharma”. Antes de llegar al estándar de varnasrama-dharma no existe ninguna posibilidad de civilización humana. Por lo tanto el movimiento de la Conciencia de Krishna trata de establecer el sistema correcto de civilización humana, que es conocido como Conciencia de Krishna o daiva-varnasrama, cultura divina.

En India, el sistema varnasrama ha sido interpretado de forma distorsionada y por consiguiente un hombre nacido en una familia de un brahmana (la clase social más alta) reclama que él debe ser aceptado como brahmana. Pero este reclamo no se acepta en el sastra (escritura). Nuestro antepasado puede haber sido Brahmana según el gotra, u orden de familia hereditario, pero el verdadero varnasrama-dharma se basa en la calidad factual que la persona ha alcanzado, sin importar el nacimiento o herencia. Por lo tanto no estamos predicando el sistema actual de los hindúes, especialmente el de los que están bajo la influencia de Sankaracarya, quien enseñó que la Verdad Absoluta es impersonal y de esta forma niega indirectamente la existencia de Dios.

La misión de Sankaracarya era especial, él apareció para reestablecer la influencia védica luego de la influencia del budismo. Hace 2600 años, el emperador Asoka patrocinó el budismo que prácticamente dominó a toda India. Según la literatura védica, Buda era una encarnación de Krishna que tenía un poder especial y que apareció con un propósito especial. Su sistema de pensamiento o de fe fue aceptada ampliamente, pero Buda rechazó la autoridad de los Vedas. Mientras el budismo, se expandía la cultura védica se paralizó en India y en otros lugares.

Por lo tanto el único objetivo de Sankaracarya era alejar el sistema filosófico de Buda e instalar un sistema llamado Mayavada.

En realidad, la filosofía de Mayavada es el ateísmo, por lo que es un proceso en el que uno imagina que Dios existe. Este sistema de filosofía de Mayavada existe desde tiempos inmemoriables. El actual sistema de religión o cultura hindú se basa en el Mayavada de Sankaracarya. Según la filosofía Mayavada no existe Dios o si existe éste es impersonal, omnipresente y puede ser imaginado de cualquier forma. Esta conclusión no esta de acuerdo con la literatura védica. Esa literatura nombra mayormente semidioses que son adorados con distintos propósitos, pero en todos los casos el Señor Supremo, la Personalidad Suprema de Dios, Visnu es aceptado como el controlador supremo. Esa es la verdadera cultura védica.

La filosofía de la conciencia de Krishna no niega la existencia de Dios y de los semidioses. En cambio la filosofía Mayadava los niega a ambos, sostiene que ninguno de los 2 existe. Para los mayadavis en última instancia todo es cero. Ellos dicen que uno puede llegar a imaginar cualquier autoridad ya sea Visnu, Durga, el Señor Shiva, o al Dios Sol porque todos ellos son los semidioses que la sociedad adora generalmente. La filosofía Mayadava no acepta la existencia de ninguno de los dos. Los Mayadavis dicen que como no podemos concentrar nuestras mentes en un Brahman impersonal, uno puede imaginar cualquiera de estas formas. Este es un nuevo sistema llamado pancopasana. Este sistema fue introducido por Sankaracarya, pero el Bhagavad Gita no enseña ninguna de estas doctrinas y por lo tanto no son de confianza, autorizadas.

El Bhagavad Gita acepta la existencia de los semidioses. En el Bhagavad Gita se los describe y por lo tanto no podemos negar su existencia, pero de acuerdo a Sankaracarya no deben ser entendidas ni adoradas. En el Bhagavad Gita se rechaza la adoración de semidioses, el Gita expone (7.20):

kamais tais tair hrta jnanah
prapadyante 'nya-devatah
tam tam niyamam asthaya
prakrtya niyatah svaya

"Aquellos cuyas mentes están distorsionadas por los deseos materiales se entregan a los semidioses y siguen las reglas y regulaciones de adoración particulares según sus naturalezas."

Además en el Bhagavad Gita (2.44), el Señor Krishna establece:

bhogaisvarya-prasaktanam
tayapahrta-cetasam
vyavasayatmika buddhih
samadhau na vidhiyate

"Las mentes de aquellos que se encuentran atados al sentido del disfrute y de la opulencia material, y aquellos que se encuentran obnubilados por esas cosas, no tienen la determinación decidida por el servicio devocional."

A aquellos que buscan a los semidioses se los ha descrito como hrta jnanah, que significa aquellos que han perdido sus sentidos, también se explica más detalladamente en el Bhagavad Gita (7-23):

antavat tu phalam tesam
tad bhavaty alpa-medhasam
devan deva-yajo yanti
mad-bhakta yanti mam api

"Los hombres de poca inteligencia adoran a los semidioses y sus frutos son limitados y temporarios. Aquellos que adoran a los semidioses van a los planetas de los semidioses, pero mis devotos alcanzan mi morada Suprema".

Las recompensas que dan los semidioses son temporarias porque su facilidad debe actuar en conexión con el cuerpo temporario. Cualquier facilidad material que uno reciba, ya sea por modernos métodos científicos o por bendiciones de los semidioses ellas terminaran con tu cuerpo. Pero el avance espiritual no se termina jamás.

La gente no debería creer que predicamos una religión sectaria. No. Simplemente estamos predicando como amar a Dios. Hay muchas teorías sobre la existencia de Dios. El ateo por ejemplo nunca creerá en Dios. Ateos como es profesor Jacques Monod, ganador del premio Nobel quién declaro que “todo es una posibilidad” (una teoría ya presentada desde hace tiempo por filósofos ateístas de India como Carvaka). Luego otras filosofías como la de karma-mimamsa, acepta que si uno continúa haciendo su trabajo bien y de forma honesta, el resultado vendrá automáticamente si la necesidad de referirse a Dios. Como evidencia, los defensores de estas teorías, citan el argumento que si uno contrae una infección y toma las medicinas para contrarrestar el efecto, así logrará neutralizar la enfermedad. Pero nuestro argumento en relación a esto es que, aún dándole la mejor medicina, la persona corre riesgo de morir, el resultado no es predecible. Por lo tanto existe una Autoridad Mayor, daiva-netrena, un Director Supremo. Sino cómo es que el hijo de un hombre rico y piadoso se vuelve un hippie de la calle o ese hombre que trabaja y se esfuerza se vuelve rico y el doctor le dice no puede comer ningún alimento, sólo puede tomar agua de cebada.

La teoría de karma-mimamsa sostiene que el mundo sigue su curso sin la dirección suprema de un Dios. Los filósofos dicen que todo ocurre por la lujuría kama-haitukam). Debido a la lujuría un hombre se siente atraído por una mujer y por casualidad tienen sexo y la mujer queda embarazada. En realidad no esta planeado que la mujer quede embarazada pero, por una consecuencia natural, el hombre y la mujer se unen y se produce un resultado. La teoría ateísta, descripta en el capítulo dieciséis del Bhagavad Gita como asúrica o demoníaca, es justamente que todo lo que sucede es por esta concepción de la casualidad y el resultado de la atracción natural. La teoría demoníaca sostiene que si uno quiere evitar tener hijos puede usar métodos anticonceptivos.

De todas formas existe un gran plan para todo- el plan védico. La literatura védica brinda indicaciones sobre como deben unirse el hombre y la mujer, como deben engendrar hijos y cual es propósito de la vida sexual. Krishna dice en el Bhagavad Gita que la vida sexual permitida por el orden védico o la vida sexual que se encuentra baja las regulaciones y directivas védicas está bien hecha (bona fide) y que Él la acepta. Pero no acepta la vida sexual casual. Si por casualidad uno siente atracción y nacen hijos éstos se llaman varna-sankara, población no deseada. Esa es la forma de vida de los animales bajos y no es aceptable para los humanos. Para los humanos existe un plan. No podemos acepta la teoría de que no existe un plan para los humanos y de que todo surge de la casualidad y de la necesidad material.

La teoría de Sankaracarya, de que Dios no existe y de que uno puede hacer lo que quiera, que puede imaginar a Dios de la forma que quiera para mantener la paz y la tranquilidad de la sociedad, está más o menos basada en la teoría de la casualidad y de la necesidad. De todas formas nuestra forma es completamente diferente y se basa en la Autoridad. Es el divino varnasrama-dharma el que Krishna recomienda y no el sistema de castas como se lo interpreta en la actualidad. Este moderno sistema de castas también es condenado en India y debería ser repudiado porque la clasificación de los distintos tipos de hombres según su nacimiento, no sigue los Vedas ni el de sistemas divino de castas.

Hay muchas clases de hombres en la sociedad- algunos son ingenieros, otros son practicantes médicos, químicos, comerciantes, hombres de negocio, etc. Esta variedad de clases no se determina por el nacimiento sino por la calidad. No hay tal cosa como el sistema de castas por el nacimiento permitido por la literatura védica, tampoco lo aceptamos. No tenemos nada que ver con el sistema de castas que también se repudia actualmente en India. Más bien le damos a todos la posibilidad de volverse brahmana y de alcanzar el más alto status de vida.

Como actualmente existe una escasez de brahmanes, de guías espirituales, de ksatriyas, de administrativos el mundo es manejado por sudras, u hombres de la clase trabajadora, por eso hay muchas discrepancias en la sociedad. Para mitigar estas discrepancias nosotros hemos tomado el Movimiento de la Conciencia de Krishna. Si se restituyera la clase brahmana también se restituirían automáticamente los otros ordenes de bienestar, tal como cuando el cerebro esta perfectamente en orden las otras partes del cuerpo como los brazos, la panza, las piernas todas actúan bien.

La meta suprema de este movimiento es el de educar a la gente sobre como amar a Dios. Caitanya Mahaprabhu aprueba la conclusión de que la máxima perfección humana se alcanza cuando aprendemos a amar a Dios. El Movimiento de la Conciencia de Krishna no tiene nada que ver con la religión hindú o cualquier sistema de religión. Ningún caballero cristiano estaría interesado en cambiar su fe cristiana por la hindú. De la misma manera ningún caballero hindú estaría preparado para cambiar a la religión cristiana. Ese cambio es para hombres que tiene un cierto status. Pero todos los hombres estarán interesados en entender la ciencia y la filosofía de Dios seriamente.

Debemos entender que el movimiento de la Conciencia de Krishna no predica la llamada religión hindú. Nosotros damos una cultura espiritual que puede resolver todos los problemas de la vida y por lo tanto es aceptada en muchas partes del mundo.

viernes, 7 de agosto de 2009

WEI-WU-WEI

El Wu-Wei o No-Actuar, la Inaccion. Significado real.

El concepto oriental de Wu-Wei,no-accion, inaccion, que en occidente es tan a menudo mal interpretado es crucial para aquellos que estan en el camino. Acerquemonos a su comprension usando el lenguaje mejor adaptado a los trabajos espirituales : El Sanscrito.
En Sanscrito tenemos las dos palabras :
akarma = inaccion
akarmakR^it.h = sin hacer nada
En la inaccion no hay esfuerzo, es natural. Al contrario, si pretendemos estar sin hacer nada, hay esfuerzo. Cuando la gente se sienta a meditar estan, en muchas ocasiones, tratando de no hacer nada. Y, les resulta muy dificil, lo ven como algo inalcanzable. Y, abandonan su practica. Cuando estamos inactivos, por el contrario, no hay esfuerzo ninguno. La inactividad viene tras un proceso de relajacion y abandono, no tras un proceso en el que intentamos imponernos a nosostros mismos algo, como la inmovilidad. La inmovilidad perfecta solo puede coexistir con una perfecta relajacion, con un perfecto abandono en el tao, en la providencia, en el fluir de las corrientes cosmicas. Se llega pues al Wu Wei, a la inaccion, a traves del camino de la relajacion y el abandono de si mismo. No se llega a traves del camino de la ciencia la moral o la religion o esforzandonos en algo. Simplemente relajacion y abandono en el tao.
Esto no significa inactividad. Si el tao requiere de nosotros una actividad cualquiera, por supuesto la realizamos. Y en accion, respetamos la no-accion.
La flor, durante la floracion esta en Wu Wei, no hace nada, simplemente es una flor, y florece.
Si la flor tuviera una mente similar a la humana comenzaria a preocuparse.y preguntarse : De que color seran mis nuevas hojas?. Podria acelerar mi proceso con un poco de fertilizante?. Donde venden el fertilizante?.
Cuanto cuesta?. Que dosis deberia emplear?. Sere mayor que la flor de al lado?.Este arbol de ahi no me gusta, como podria hacerlo desaparecer?. Etc, etc, etc.
Y empezaria a intentar estirarse para engrandecer sus petalos, y quizas aprenderia tai chi para favorecer su proceso de crecimiento.
El humano crea muchas mas entidades mentales que una flor. Y, dirige su actuacion de acuerdo con estas entidades mentales, en muchas ocasiones en una direccion diferente a la del fluir del tao en ese momento.
Esto genera karma. Es el pecado en nuestra tradicion judeo-cristiana. Si uno no actua de acuerdo con el fluir del tao, esta pecando. Y si uno trata de permanecer inmovil durante 40 minutos y el tao le requiere para danzar de alegria, esta pecando.
Por el contrario, cada vez que actuamos segun el fluir del tao, eliminamos karma. Lo borramos.
Hay que dejarse poseer por el tao y actuar segun sus requerimientos.
Hemos de ser como la flauta que ofrece su forma al viento para crear la melodia de la existencia.
La mayoria de las religiones institucionalizadas ofrecen versiones mas o menos comprensibles de esto.
La confesion de los cristianos no es la que borra el pecado. El pecado se borra una vez cumplida la penitencia impuesta por el confesor, si y solo si el confesor es un buen terapista y sabe aplicar una penitencia que elimine el karma generado con el pecado.
Pero, en lo que hemos dicho hasta ahora estamos todos mas o menos de acuerdo.exceptuando por supuesto a los fanaticos como cientificos, jerarquia religiosa, militares , politicos o burocratas.
Pero, y lo social?. Si de acuerdo, hemos entendido la inaccion e incluso comenzado a practicarla, pero, que podemos hacer desde un punto de vista colectivo.?

Es Urgente No hacer Nada.

Esta claro para todos que el actual nivel de crecimiento material de desarrollo material no es sostenible. Yin yang and tai chi chuan propone como solucion la adopcion a nivel mundial de tres dias de inactividad a la semana, no queremos decir con esto que los negocios deberian cerrar tres dias a la semana, sino que todas las personas deberian disfrutar de tres dias de inactividad por semana laboral. Los negocios, SIEMPRE abiertos, incluso por la noche.
Este escenario reduciria nuestra efectividad de destruccion del medio, crearia empleos etc, pero su mayor beneficio seria el rebajar el nivel de estres colectivo.
Las personas dispondrian de tiempo libre para dedicar a su desarrollo personal y para la practica del juego, tan necesario para la salud mental. Uno de los tres dias libres deberia dedicarse al servicio de la comunidad. Repoblacion forestal; Hoteles Publicos Gratuitos; Organizacion de Fiestas; Cuidado de Enfermos; Juegos con los Niños y Ayuda Personal a los Necesitados son actividades que no polucionan demasiado y que deberian ser practicadas por todos los humanos al menos una vez a la semana.
Utopico? : No. Muchas comunidades en paises desarrollados estan ya organizadas asi. Es, no solo posible sino que imprescindible.
TENEMOS que reducir nuestro nivel de crecimiento actual. Y esta es una de las mas sencillas formas de conseguirlo.
Naturalmente acompañandolo de medidas como la libertad de jubilacion, la opertura y gratuidad de las universidades y hospitales y la creacion de un senado mundial, retiro para politicos honestos.
Y, conociendonos como nos conocemos, Este senado deberia controlar a un ejercito profesional y unico, integrado al principio por los ejercitos nacionales.
Es urgente que reduzcamos nuestro nivel de actividad. Personalmente puedes comenzar contigo mismo. Colectivamente puedes apoyar a los grupos que veas inclinados en este sentido.
Y, comienza a practicar meditacion cada dia.

jueves, 9 de abril de 2009

RUMI EL LIBRO INTERIOR

En otros tiempos. dijo el Maestro. cuando yo componía versos, sentía un gran impulso interior que me empujaba a componerlos y esta inspiración impresionaba (a los oyentes). Ahora que el impulso declina, las impresiones, sin embargo, siguen vivas. La costumbre (sunna) del Altísimo es así: cuida ciertas cosas en el momento de su aparición, y de estos cuidados provienen grandes influencias y mucha sabiduría. En el estado de ocultación tal educación también subsiste: "Señor del Oriente y del Occidente", que quiere decir: "Él educa los impulsos que aparecen y desaparecen".

Los motazilíes dicen que el creador de las acciones es la criatura, y que cada acción que emana de la criatura es una creación propia de esta criatura. No puede ser así, porque la acción se produce, o bien mediante instrumentos tales como la inteligencia, el espíritu, la fuerza o el cuerpo, o bien sin instrumentos. En cualquier caso, la criatura no puede crear acciones por medio de estas facultades que no es capaz de reunir; no crea, pues, acciones porque esos instrumentos no le están sometidos y no puede crear acciones sin instrumentos. Nosotros sabemos con certidumbre que el creador de las acciones es Dios, no la criatura.

Cada acción, buena o mala, procede de la criatura; ella la efectúa con un móvil y una intención, pero el valor de esta acción no está a la altura de lo que imagina. En todo lo que ha mostrado como sentido, sabiduría y utilidad a propósito de esta acción, la única ventaja era que procedía de esta criatura. Pero sólo Dios conoce la utilidad total de esta acción y sabe qué frutos se pueden sacar de ella. Tú observas la plegaria con la intención de recibir su recompensa en el más allá, y de adquirir por medio de ella una buena reputación y seguridad en este mundo; no obstante. la oración no sólo tiene esta utilidad; puede procurar cien mil beneficios que ni siquiera has imaginado.

Dios conoce esos beneficios y es Él quien hace realizar esta acción a la criatura.

El hombre es como un arco en la mano del poder divino; el Altísimo lo emplea para unas acciones; estas acciones, en realidad, son obra de Dios, no del arco. El arco es un instrumento y un medio, pero inconsciente de Dios, para que se mantenga el orden del mundo. ¡Qué feliz y excelente es el arco que sabe en manos de quién está! ¿Qué diremos de un mundo cuya naturaleza se basa en la inconsciencia? ¿No ves que, cuando un hombre está despierto, se hace indiferente y frío para con el mundo entero? Se funde y perece. Desde su infancia, el hombre ha crecido por razón de su indiferencia; en otro caso, no habría crecido ni se habría desarrollado. Ha alcanzado la edad adulta gracias a la indiferencia. Seguidamente el Altísimo, lo quiera él o no, le envía sufrimientos y mortificaciones para alejar las indiferencias e instaurar la pureza: así puede familiarizarse con el otro mundo.

La existencia del hombre es semejante a un montón de basura, a un montón de estiércol. Pero, si este montón de basura es precioso, es porque en él se oculta el anillo del rey. La existencia del hombre se parece a un saco de trigo. El rey exclama: "¿Adónde llevas ese saco de trigo con mi copa dentro?". Esta persona ignora la existencia de la copa metida en el trigo; pero si el hombre descubre la existencia de la copa real, se despreocupará totalmente del trigo. Pues bien, cada pensamiento recibido del mundo de lo alto y capaz de hacerte indiferente hacia el mundo de aquí abajo, es reflejo y resplandor de esa copa que brilla fuera (del saco) El hombre desea ese mundo. Si siente, por el contrario, inclinación hacia el mundo de aquí abajo, es que la copa está oculta bajo unos velos.